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Hay señales en el bosque

Editorial

En este año de olimpiadas desubicadas, el equipo de Curtocircuíto hemos descubierto el ARDF, un deporte minoritario que nos ha volado la cabeza. El ARDF aglutina muchos de los valores e ideas que en cada edición dan forma a nuestra programación, sobre todo: esa vocación por explorar los territorios desconocidos y nuestro interés en la ciencia, el arte sonoro y las tecnologías analógicas.

ARDF es el acrónimo de Amateur Radio Direction Finding, un deporte recreativo que se practica eminentemente en los Países Nórdicos, Europa Oriental, Rusia y China, y que en nuestro idioma podríamos denominar simplemente como orientación por radio. Se trata de una carrera cronometrada en la que participantes individuales utilizan un mapa topográfico, una brújula magnética y aparatos de radiogoniometría para navegar por terrenos boscosos mientras buscan transmisores de radio que funcionan a modo de metas volantes. A través de las antenas que llevan consigo, los corredores y corredoras reciben señales de radio que portan sonidos y mensajes secretos que les orientarán hasta descubrir las balizas-emisoras escondidas y cubrir el recorrido completo en el menor tiempo posible. No hay un circuito definido, solo un territorio que cada participante atraviesa a su manera, empleando sus conocimientos técnicos y, sobre todo, su sentido de la orientación. Si bien los atletas compiten entre sí, la principal lucha es la que cada cual mantiene en soledad consigo mismo, en plena naturaleza, en busca de esas señales invisibles.

Supongo que si el ARDF nos ha fascinado tanto es porque, de alguna manera, nos recuerda a las yincanas de los campamentos infantiles mezcladas con un poco del espíritu olímpico y con otro poco del espíritu de las romerías populares. Y en todo ello, más allá de la imagen kitsch, hay un sentido de lo colectivo que hoy en día, tras los confinamientos y restricciones, reconocemos como fundamental para nuestra salud emocional.

Siempre he encontrado grandes analogías entre el cine y el deporte. A pesar de haberse convertido ambos en objeto de deseo del capitalismo más atroz –que los deshumaniza y frivoliza–, uno y otro son, al menos en origen, prácticas que aspiran a promover la ética y la organización comunitaria de las personas sin discriminación de edad, sexo, condición física, social o cultural. Sea individual o colectiva, la experiencia deportiva facilita las relaciones interpersonales, canaliza la necesidad de confrontación y, al igual que la práctica artística, estimula la sensibilidad y la creatividad. Además, los deportes populares priorizan los valores solidarios y cooperativos, no entienden las competiciones como enfrentamientos entre rivales, sino entre iguales. No persiguen la rentabilidad económica y no desprecian la participación de las personas con menos aptitudes, sino que la incentivan, generando así espacios de respeto, convivencia y colectividad. En definitiva, el deporte y el cine, como el trabajo, dignifican (y además tonifican el alma). Por suerte, todavía nos quedan maravillas como el ARDF que el sistema aún no ha devorado y monetizado.

Creo que, de alguna manera, todo esto tiene mucho que ver con ese cine que sobrevive al margen de las fórmulas y que cada año nutre los festivales y las salas de las propuestas más personales e innovadoras. Salas a las que AHORA podemos volver a ir juntxs.

¡Preparados, listos, ya!

¡Aquí empieza #Curtocircuíto2021!

Pela del Álamo

Director artístico

*Todas las imágenes empleadas en esta campaña están alojadas en abierto en ardf2019.hamradio.si/gallery